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Los tradicionales actores de la gestión y la cooperación han tardado mucho tiempo en entender que la comunicación no es un proceso exterior a la cultura sino una dimensión constitutiva de la vida cultural, pues una cultura está viva sólo mientras es capaz de comunicar, esto es de intercambiar e interactuar con otras culturas1. Pero eso choca y de manera bien fuerte con lo que ha sido la clave tanto de la concepción de cultura hasta no hace mucho, como de la formación, una educación que nos ha enseñado a afirmar y reconocer lo propio sólo a costa de negar y desvalorizar al otro y lo otro. Y en segundo lugar, la relación constititiva entre cultura y comunicación se acentúa hoy, cuando algunas de las transformaciones culturales más decisivas que estamos viviendo provienen de las mutaciones que atraviesa el entramado tecnológico de la comunicación, mutaciones que, al afectar la percepción que las comunidades culturales tienen de si mismas, de sus modos de construir las identidades, adquieren envergadura y temporalidad antropológicas. La actual reconfiguración de nuestras culturas indígenas, locales, nacionales, responde hoy especialmente a la intensificación de la comunicación e interacción de esas comunidades con las otras culturas del país y del mundo. Desde dentro de las comunidades los actuales procesos de comunicación son percibidos a la vez como otra forma de amenaza a la supervivencia de sus culturas –la larga y densa experiencia de las trampas a través de las cuales han sido dominadas carga de recelo cualquier exposición al otro- pero al mismo tiempo la comunicación es vivida por las comunidades rurales o urbanas como la posibilidad de romper la exclusión, como experiencia de interacción que si comporta riesgos también abre nuevas figuras de futuro. Lo que está conduciendo a que la dinámica de las propias comunidades tradicionales desborde los marcos de comprensión elaborados por los folcloristas y no pocos antropólogos: hay en esas comunidades menos complacencia nostálgica con las tradiciones y una mayor conciencia de la indispensable reelaboración simbólica que exige la construcción de su propio futuro.

En un segundo plano, el eje de la comunicación introduce en las políticas y las actividades de cooperación una profunda renovación del modelo de comunicabilidad, que del unidireccional, lineal y autoritario paradigma de la transmisión de información, ha pasado al de la red, esto es de la interacción y la conectividad, transformando la mecánica forma de la conexión a distancia por la electrónica del interfaz de proximidad 2. Nuevo paradigma que se traduce en una política que privilegia la interactividad, la sinergia entre muchos pequeños proyectos, por sobre la complicada estructura de los grandes y pesados aparatos tanto en la tecnología como en la gestión. Y es precisamente a la luz de esta nueva perspectiva conceptual y metodológica de la comunicación que adquiere su verdadera envergadura la redefinición de la cooperación como práctica de la interculturalidad, es decir de una relación entre culturas ya no unidireccional y paternalista sino interactiva y recíproca, pues en lugar de buscar influir sobre las otras, cada cultura acepta que la cooperación es una acción transformadora tanto de la cultura que la solicita como la de la que responde, y de todas las otras que serán involucradas por el proceso de colaboración.

Así es como funciona la más nueva y, quizá una de las más fecundas fuguras de la cooperación hoy, la de las redes culturales3, animadas cotidianamente por artistas y por gestores, por formadores y por instituciones municipales y comunidades barriales. Con la enorme ganancia que entraña el que una de las tareas asumidas por muchos de los nuevos actores es la de veedores ciudadanos, empeñados en la fiscalización de los proyectos y las decisiones de las que parten, de los dineros y de los tipos de intercambio promovidos por la cooperación internacional. Las redes culturales se están convirtiendo en el nuevo espacio público de intermediación entre actores diversos de un mismo país, entre actores del mismo ámbito –políticas, gestión, formación- en diversos países, o bien movilizando transversalidades y transdisplinariedades que enriquecen desde el campo político el trabajo académico y desde el de la creación artística al campo político. Estamos ante la posibilidad histórica, no sólo técnológica sino ciudadana, de renovar radicalmente el entramado político de la cooperación cultural tejiendo redes que enlacen cada dia más el mundo de los artistas y trabajadores culturales con el de instituciones territoriales y las organizaciones sociales. Y lo vamos a necesitar pues sólo densificando y potenciando al máximo el tejido de los actores sociales e institucionales de nuestras culturas, y creando a lo largo del mundo alianzas lo más anchas posibles, podremos hacer frente a la ofensiva de desmovilización política e instrumentalización cultural que la globalización del miedo y las nuevas industrias de la seguridad han empredido ya.

[Texto completo en documento anexo]

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