Uno de los problemas principales para entender la diversidad y su consecuencia más inmediata, la intolerancia, es la inhabilidad de entender al “otro” que no conoces, y la imposibilidad y falta de oportunidad de interactuar con el “otro”.
Las oportunidades reales para una comunicación o interacción de calidad con gente significativamente diferente a uno son severamente limitadas por las normas y circunstancias sociales que nos rodean. Hay pocos espacios donde puede florecer el contacto entre mundos tan diferentes, separados por estilos de vida, niveles socioeconómicos, gustos de consumo cultural y valores básicos Como percibimos nuestra realidad y nuestro mundo depende de múltiples factores: nuestro lugar de origen, nuestra formación dentro de tal región, valores y creencias dominantes en la familia y grupo, nivel socioeconómico, etc. La percepción va a determinar en muchos casos cómo construimos la realidad y la verdad. En el marco intercultural, la realidad humana es vista como socialmente construida, una función de percepción y membrecía en un grupo cultural. Observadores de cultura estudian y observan el impacto que cultura, raza, etnicidad, género, política, edad y otros factores producen y mantienen sobre las percepciones del mundo las cuales individuos y grupos toman como propias.
Como era de esperarse, estas reflexiones nos llevan a la idea de que las culturas son invenciones sociales que articulan de maneras muy diferentes, cómo se satisfacen las necesidades básicas y cómo extraer el significado de la vida de su entorno. Cada cultura posee su propia lógica interna y coherencia para sus miembros, y así su propia validez. A la gente le suelen poner muy incómoda estas ideas. Las ambigüedades alrededor de la verdad, el conocimiento y la percepción les molestan, les estorban; es precisamente la “intolerancia hacia la ambigüedad” una característica común del hombre desubicado y temeroso en circunstancias postmodernas. Si me choca ver alumnos perforados y tatuados, es mi problema, porque difícilmente voy a poder atenderlos sin discriminarlos; así no puedo cumplir con mi deber y contribuyo al ámbito de intolerancia en mi centro.
El hombre que solo puede percibir la realidad a través del filtro de su propia cultura se denomina etnocéntrico: su idea de la belleza, los buenos modales, lo vulgar, lo chistoso, la cultura o las personas que se acercan más a las normas de su cultura son buenas. Lo diferente va a ser siempre juzgado con severidad. En los viejos tiempos vimos a las otras tribus como bárbaras: peligrosas, indescifrables, incoherentes y apestosas. Hoy en día usamos otras palabras para juzgarlos, pero con respecto a los estándares de comparación, seguimos usando la regla sencilla: “¿son como nosotros?” Difícilmente el hombre etnocéntrico va a poder desarrollar la empatía o comprensión necesarias para entender y comunicarse dentro de un mundo globalizado e interconectado. Ser etnocéntrico hoy en día no solo nos anula las posibilidades de participar activamente en ese mundo interconectado; nos mantienen al nivel de las nacionalistas xenofóbicos, echando culpas y señalando a los otros.
Por eso, como función de su contenido, la comunicación intercultural es sumamente retadora. Requiere que los ciudadanos (niños, jóvenes y adultos) hagan reflexiones sobre asuntos de los cuales tienen menos experiencia real, más allá de la anécdota y el estereotipo o lo que recibe y consume de los medios, que contacto verdadero con el otro. El acercamiento con el otro tiene el potencial de traer muchos beneficios al individuo, a su pueblos y a su cultura pero a menudo una mentalidad cerrada y el miedo triunfan sobre la apertura y la comprensión. Aunque vivimos en una realidad multicultural, en nuestra memoria existe una realidad de opresores y oprimidos, colonizadores y colonizados. En nuestra nostalgia hay ranchos y rancheros, machos y valientes, hombres honrados, charros nobles, abuelas y mamas sacrificadas, niños obedientes y bien peinaditos y niñas soñadoras. Pero memoria gana nostalgia, y nos dominan los rencores viejos, dándonos el pretexto y la justificación a la vez para juntar fuerzas y proteger lo nuestro. Generalmente proteger lo nuestro significa negar o excluir el otro. También significa estereotipar al otro, así hacerlo menos humano, así se lo puede discriminar u odiar con más facilidad. Hoy en día no es suficiente “tomar consciencia”, o “no discriminar”. Tenemos que convertirnos y nuestros centros en espacios seguros, zonas anti-racistas. Así tendremos un piso firme para construir cualquier proyecto cultural, inclusivo, impactante.
Michael Twomey Valdes
Puebla, septiembre 2009
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